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La leyenda de Sawney Beane

En el mundo del misterio las leyendas, aparentemente basadas en casos reales, se cuentan por miles pero de entre todas ellas la leyenda de Sawney Beane es de esas que pone el pelo de punta y que nadie sabe muy bien donde encajarla. Para muchos investigadores entra dentro del canibalismo, para otros dentro del vampirismo y para muchos otros dentro de esos asesinos en serie de los que nadie se atreve a creer la truculenta historia.

Alexander Sawney Beane fue el líder de un clan, cuyos miembros, en algún momento de finales del siglo XVI, fueron, según nos cuenta la leyenda, juzgados por el asesinato masivo y el canibalismo sobre más de mil personas.

Sawney Beane, natural del condado de East Lothian, a unos trece kilómetros al este de la ciudad de Edimburgo, nació en el seno de una familia granjera. Desde niño su padre le inicio en las mismas labores que el realizaba y en su adolescencia así se ganó el peculio honradamente.

Tras casarse emprende un viaje que culminaría en una profunda caverna cerca de la playa del litoral del condado de Galloway que convierte en su hogar. Durante más de veinticinco años aquella caverna fue testigo del crecimiento de lo que llego a ser, gracias al incesto, un clan de 48 personas, 21 de ellas mujeres.

Apartados del resto del mundo el matrimonio y su creciente prole al principio vivían de lo que robaban a los viajeros en los caminos cercanos. Los pasos se fueron sucediendo y pronto esos mismos viajeros eran asesinados, opusieran o no resistencia al robo, y sus cuerpos destrozados eran abandonados en esos mismos caminos. Pero pronto las desapariciones de viajeros y vecinos de pueblos cercanos comenzaron a sucederse y el horror recorrió el rostro de todo el condado cuando solo comenzaron a aparecer partes de los cuerpos de todos aquellos que desaparecían.

Durante más de cinco lustros la aparición de estos restos humanos suscito todo tipo de especulaciones. La mayoría de las hipótesis se desmoronaban con la misma velocidad que se creaban. Desde manadas de lobos hasta huidas voluntarias con grandes fortunas todo valía para justificarlas pero nunca nadie hasta su detención pudo sospechar lo que realmente había detrás de tan dramáticas muertes y desapariciones.

Al principio las víctimas eran viajeros solitarios, buhoneros o viajantes que se adentraban en los caminos que unían las diferentes aldeas pero poco a poco y a medida que tomaban confianza fueron atacando grupos de cuatro, cinco e incluso seis personas a pie y grupos de uno o dos si circulaban a caballo. Actuaban cuidadosamente como las fieras sometiendo a sus víctimas a emboscadas en las que caían irremisiblemente y actuando con la cautela de un felino no atacando sino existían vías de escape o peligro de ser heridos o atrapados. A medida que su fiereza aumentaba lo hacia su crueldad asegurándose que ninguna de sus víctimas sobreviviera al ataque.

El tiempo pasaba mientras las victimas aumentaban y a falta de explicaciones racionales los rumores sobre que los caminos estaban habitados por demonios, hombres lobo o vampiros se extendieron con fuerza. Sin embargo las autoridades se negaban a creer en lo sobrenatural y agarrándose a un clavo ardiendo adoptaron la teoría de que los culpables eran los dueños de posadas cercanas a los caminos que asesinaban para robar a los viajantes huéspedes y luego los enterraban en lugares aislados. Pronto los juicios a inocentes comenzaron a sucederse siendo muchos de ellos torturados hasta la muerte o hasta que firmaban una confesión de hechos que evidentemente nunca habían cometido. Finalmente eran ejecutados y el caso era cerrado hasta que otra desaparición hacía sembrar la duda de la culpabilidad del reo ajusticiado.

El ajusticiamiento de posaderos inocentes provoco que los caminos cada vez se desertificaran más porque entre ajusticiados y posaderos que abandonaban sus posadas por miedo a ser asesinados los caminos se quedaron desiertos lo que proporcionaba a los Beane la posibilidad de actuar más impunemente aunque el número de mercaderes y viajeros que atravesaban aquellos parajes cada vez disminuía más.

Sin embargo y pese a que todo parecía presagiar que el reino de terror de los Beane no tendría fin y que aquel condado terminaría siendo su particular reino. Todo acabo una fría tarde invernal de 1435. Aquella tarde un hombre y su esposa regresaban a caballo después de haber visitado una feria. Los Beane que los vieron como presas fáciles les tendieron una emboscada. Los atacaron furiosamente esperando su rápida caída pero el hombre se resistió desenvainó su espada e hirió a varios miembros del homicida clan.

En el transcurso de la lucha la mujer cayo del caballo y en apenas unos segundos las mujeres del clan la degollaron y extrajeron sus vísceras que saborearon como si fuera un manjar exquisito mientras algunos hombres entre embestida y embestida al marido se deleitaban con la sangre de su mujer, posiblemente de aquí la leyenda de vampiros que posteriormente acompaño al clan.

El hombre sabedor de que si caía al suelo su suerte no sería muy distinta a la de su esposa redoblo sus esfuerzos por defenderse aunque poco a poco las fuerzas comenzaban a fallarle. Quiso la suerte que un grupo de unas treinta personas provenientes de la misma feria oyeran gritos y decidieran acercarse. Viéndose superados en número y con pocas posibilidades de ganar la partida los Beane decidieron huir.

El testimonio del marido ante las autoridades fue definitivo para comprender que esas bestias “humanas” eran con toda certeza las culpables de las desapariciones de ese último cuarto de siglo.

Fue el propio rey el que tras enterarse de estos acontecimientos mando a 400 hombres que acompañados por perros recorrieron palmo a palmo aquel lugar hasta que finalmente los sabuesos dieron con la entrada a la caverna que los Beane usaban de morada.

Aquel lugar era poco más que un pasaje del terror donde los miembros humanos se encontraban por todas partes como parte de sus trofeos o provisiones de comida, ya que muchos de ellos se encontraban en salazón para poder así conservarlos durante meses    

El clan en aquel momento estaba formado por el matrimonio, 8 hijos, 6 hijas, 18 nietos y 14 nietas y aunque no se puede saber exactamente su número de víctimas se sabe que posiblemente superara el millar.

El rey tras ser informado de los hallazgos de la caverna se apresuró a asegurar que aquellos no eran personas sino bestias y que por lo tanto no se merecían un juicio. Así y sin juicio alguno los hombres del clan fueron torturados y desmembrados en público en presencia de las caníbales de sus mujeres que tras contemplar la muerte de los varones del clan fueron sometidas a la hoguera.