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Las brujas de Zugarramurdi

De nuevo la realidad salta al cine convirtiéndose en la mayor de las ficciones pero ocultando una historia que muy pocos pueden sospechar “Las brujas de Zugarramurdi” la recientemente estrenada película de Alex de la Iglesia ha avivado y traído del pasado este inquietante caso que la verdad me ha sobrecogido desde el primer momento que supe de él.

Muchas personas han oído hablar de Zugarramurdi  y sus famosas brujas, muchas otras recuerdan el nombre de haberlo oído en algún lugar y muchas otras acuden al cine a ver esta comedia sin saber la triste realidad que se esconde en la historia que ha servido de inspiración para crear el guión de esta película.

En noviembre de 1610 tuvo lugar en Logroño un auto de fe por parte de la Inquisición Española mediante el que fueron procesadas 31 personas del pueblo acusadas de brujería, de los cuales 11 fueron condenados a la hoguera. Solo 6 de ellos pudieron llegar a ser quemados vivos porque el resto murieron durante las torturas del santo oficio o en las cárceles mientras esperaban el veredicto. Uno de los casos más espeluznantes de los que nos dejo la inquisición y que hoy vuelve a la memoria. Pero comencemos por el principio.

Todo comenzó a finales de diciembre de 1608 cuando María de Ximildegui vuelve a Zugarramurdi procedente de Ciboure, Francia, donde había estado residiendo los cuatro últimos años.

La joven se jactaba de contar que durante más de dos años había pertenecido a un conventículo de brujas y que posteriormente se convirtió al Cristianismo cuando la persecución de las brujas se endureció en la ciudad. Al parecer la joven asistió a varios aquelarres y no solo en la ciudad francesa sino en el propio Zugarramurdi por lo que fue cuestión de tiempo que delatara a alguno de los asistentes. No tardo en proporcionar el primer nombre en cuanto empezó a sentirse presionada ese nombre era el de María de Jureteguia. Al principio nadie la creyó, incluso fue el mismo marido de la acusada quien fue a verla para recriminarla la grave acusación, pero los detalles que proporciono Ximildegui pronto hicieron que el pueblo empezara a desconfiar de María de Jureteguia que no tardo en confesar que era bruja desde niña y que fue su propia tía quien la inició en esas artes.

Este fue el comienzo de la pesadilla. En una sociedad supersticiosa y donde todo lo malo, incluyendo las personas, era diabólico. No tardaron en salir a la luz las rencillas vecinales que crisparon los nervios y provocaron el lanzamiento de falsas acusaciones.

La acusada fue llevada ante el párroco fray Felipe de Zabaleta que la impuso como penitencia el tener que pedir perdón públicamente en la iglesia del pueblo. Pero ya en ese momento no había vuelta atrás y los ánimos estaban ya demasiado sublevados hasta el punto de que en enero de 1609 varios vecinos tomándose lo que consideraban justicia con su mano asaltaron la casa de varias personas en busca de pruebas que permitieran acusarlos de brujería. Fue el propio párroco el que permitió esto y el que propicio una retahíla de falsas acusaciones que terminaron confesando las acusadas, eso sí bajo la amenaza de tortura y hasta de la muerte.

Dicen que como muestra vale un botón y el mío, en este caso, se llama Estefanía de Iriarte, una de las “visitadas” por las turbas y que tras ser llevada por su marido ante el sacerdote, como este le solicito cuando fue a pedirle explicaciones sobre lo que sucedía, la acuso de brujería y la obligo a confesar a golpe de amenazas de tortura. Finalmente y tras su confesión tuvo que “reconocer” el “delito” y pedir perdón públicamente en la iglesia exactamente igual que la primera acusada. Pero en aquel momento ya era tarde el Santo Oficio había sido avisado.

Así en febrero de 1609 un comisario de la inquisición y su notario comenzaron una serie de interrogatorios a las mujeres que habían confesado su brujería. La detención de las jóvenes llevo a muchos de los vecinos a presentarse en el tribunal de Logroño para decirle a este tribunal que ninguna de las acusaciones era cierta que ninguna de las muchachas era bruja y que si habían confesado lo habían hecho bajo la amenaza de tortura. Pero este remedio fue aun peor al tomarse este hecho como un “acto del diablo” para evitar el castigo.

El 19 de agosto de 1609 el  inquisidor Juan el Valle Alvarado y su comitiva llega a la zona de los hechos con el fin de confirmar las acusaciones vertidas. Pronto se sumaron 8 personas a las cuatro primeras detenidas. Todas ellas confesaron, bajo tortura, los delitos de los que se les acusaba. Finalmente y antes de abandonar el pueblo fueron detenidas 15 personas acusadas de brujería, entre otros delitos, cuyos nombre proporcionaron  en una lista de 22 enviada por los inquisidores de Logroño

Tras las pesquisas del inquisidor se fueron sucediendo las detenciones hasta llegar a las 31 como dicta el auto de fe. Número que podía haber sido mucho más elevado debido a los 290 testimonios que el santo oficio tuvo en sus manos. De hecho en el mismo auto de fe se prepararon otros casos de herejía siendo hasta 53 los procesados.

El 7 de noviembre de 1610, ante unas 30000 personas, los acusados entraban en la plaza de Logroño para conocer la sentencia. 21 de ellos solo serian castigados por delitos pecaminosos, otros 21 tras su confesión y la penitencia habían sido perdonados y volverían a ser acogidos en el seno de la iglesia y los 6 condenados a la hoguera, ya que los otros 5 también condenados a la hoguera perecieron en prisión. Los seis condenados a muerte nunca confesaron sus acusaciones.

Aquí tenéis la historia de las “Brujas de Zugarramurdi” que ha servido a bien seguro de inspiración para el fantástico guión de la reciente película. Ojala la vida real pudiera ser tan divertida como el del celuloide pero en este caso la realidad para nada nos puede levantar una sonrisa.